La visión de un hombre bueno

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Mis primeros recuerdos son más bien los de un tipo enorme, con unas manos grandes y cálidas, que manejaban con esmero aquel enorme microscopio que hay en casa, y con el que poco a poco y, con la pasión de quien sabe vivir la vida como el mas preciado don, me desvelaba los secretos mas íntimos de la naturaleza.

No espere nadie una glosa tediosa y aburrida de un sesudo bioquímico, que sin duda lo fue, amén de grande en su profesión y en su vida, sino mas bien el cálido y entrañable recuerdo de hombre que tan pronto estaba en el campo fotografiando y haciendo cosquillas a un enorme abejorro, habéis leído bien, o tan pronto se dejaba interminables noches en vela en el laboratorio detrás de matraces, reactivos y substancias cuyo nombre ya no recuerdo pero sí su indefectible olor, detrás de la causa de la enfermedad de algún desgraciado cuyo tiempo se agotaba.
 
El recuerdo de aquella lucha tenaz, tensa y seria contra el tiempo y contra lo que él llamaba “el bicho” causa, a mi juicio infantil, generalizada de todas las enfermedades de la época, una de las cuales no terminó conmigo sino por su inequívoco ojo clínico y su increíble tenacidad.

Se fue, te fuiste, sin saber que aquellas fatídicas noches en las que el meningococo trataba de exterminar cualquier atisbo de vida en mi, yo recuperaba por instantes la consciencia y te veía, con aquella bata verde y aquel gorro horrendo, dormido y agotado, pero con tu firme, cálida y fuerte mano cogiendo la mia. Aferrando aquello por lo que toda su vida luchó. La vida humana.

Supe después que cuando el neurólogo, querido Elías, propuso aquel tratamiento “in extremis” para tratar de zafarme de la parca, no lo dudaste y una vez más y sin motivos, confiaste en mi. Y juntos, y ambos, ganamos la batalla, una y mil veces por la vida. ¡Bravo por ti!

Cierto es que los caminos de la existencia varían de rumbo sin previo aviso y la causalidad nefasta nos llevó un tiempo al alejamiento, pero el Buen Dios y el tiempo nos acercaron de nuevo con aquellas dos niñas, hoy mujeres, que te dí por nietas tan pronto pude. 

Fui feliz viéndote repetir esquemas, no sin cierta permisividad, otrora, impensable en mis días infantiles. Pero inculcándoles una vez mas aquellos valores que, sin duda , te han aupado a lo mas alto del olimpo humano. Te hiciste merecedor del título de Buen Hombre, ambas con mayúsculas. Válgame el cisco con la Real de las Letras.

No quisiera dejarte en paz de una vez, querido padre, querido doctor y amado abuelo, sin recordar al mundo lo menos conocido de ti. Cuando yo era niño, pregunté a este hombre, por el motivo de llegar a ser médico y la respuesta se grabó en mi alma tanto como lo hará en la vuestra: “PORQUE ES LA MEJOR MANERA DE AYUDAR A MIS SEMEJANTES”.

Sergio Garcia Pérez
Hijo

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