Mi fraterno amigo

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Nunca imaginé que tuviera que escribir algún día un memorial en recuerdo de mi íntimo y fraterno amigo Sergio.

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Aún no he borrado de mi teléfono móvil el esperado, pero desolador, mensaje que el pasado día 23 de abril me envió su querida hija Gloría que decía: “padrino, papá ha fallecido”. 

Va a ser difícil hacerme a la idea de que seguirán amaneciendo nuevos días porque también continuarán agonizando los precedentes, con la evidencia de que no volveré a oír su voz por teléfono o sentir su cálido abrazo en nuestros inolvidables reencuentros. 

Y es que Sergio para mí siempre estará ligado a momentos íntimos y muy importantes, compartidos desde que nos conocimos, allá por un mes de octubre del año 1950 en nuestra querida Facultad de Medicina de la Universidad de Granada. Iniciábamos nuestros estudios y, desde entonces, no nos íbamos a separar, hasta precisamente estos tristes días. Esta amistad, además, pronto iba a ser más sólida, cuando tuvimos la suerte de coincidir esperando la salida de clase, en la Escuela de Magisterio granadina, de dos jóvenes alumnas, Paquita y Mercedes, que se convertirían con los años en nuestras respectivas esposas. 

El Dr. García Merlo ha sido una de las personas más inteligentes y buenas que he conocido. Enseguida admiré su brillante capacidad para el aprendizaje y su impresionante cerebro matemático. Con otro íntimo amigo suyo, Francisco Pérez Vera, constituimos un trío “imbatible” en estudios, confidencias y proyectos de futuro; también en diversiones y otros momentos estelares. Sergio y yo fuimos durante dos años, por ejemplo, campeones universitarios de tenis de mesa. Todo era mérito suyo ya que mi concurso se limitaba a procurar realizar “saques” válidos cuando correspondía, ya que él se ocupaba contundentemente de todo lo demás. Por primera vez contemplaba atónito sus poderosos “mates” con su zurda de oro, desde casi el suelo y a más de 2-3 metros de distancia de la mesa de juego. ¡Había nacido una estrella!. Después, los campeones asiáticos debieron de aprender de mi compañero. 

Al alcanzar el ecuador de nuestra carrera de Medicina, elegimos nuestras futuras especialidades; Pérez Vera optó por Obstetricia y Ginecología, Sergio por Medicina Interna y yo por Pediatría. Ello no fue obstáculo para que siguiéramos estudiando juntos y para compartir fines de curso espectaculares, devorando páginas y más páginas durante toda una noche y la siguiente y otra más... Todas las tardes también quedaba tiempo para salir juntos con nuestras novias, dejando de guardia a Pérez Vera que no había profundizado en el amor. ¡Qué recuerdos y qué vivencias! 

Sergio aprendió su Medicina Interna con nuestro catedrático, felizmente aún vivo, D. Arsacio Peña y a fe que lo hizo de forma excelente. Todavía se conservan en su biblioteca privada la obra completa “Patología y Clínica Médicas” del profesor Pedro-Pons y las “Lecciones de Patología Médica” del profesor Jiménez Díaz. Con esta sólida base y un gran sentido clínico inició su ejercicio profesional en Dúrcal, pueblo próximo a su natal Granada. 

En Dúrcal alcanzó la gloria al contraer matrimonio con Paquita y sentir el respeto de sus agradecidos pacientes. Y apareció un sorprendente descubrimiento: necesitaba disponer de un laboratorio sencillo que le permitiera confirmar sus hipótesis diagnósticas. Ese laboratorio, en el que colaboraba eficazmente su esposa, pronto fue ampliando sus posibilidades técnicas y el aprendizaje en profundidad del Dr. García Merlo, que pocos años después recibía la invitación de la Clínica Universitaria de Navarra, que necesitaba ampliar su sección de bioquímica clínica. A partir de esta época, Pamplona ha sido su nuevo hogar confirmando el aserto atribuido a Eurípides “el hogar está donde está el corazón”. Y así fue, a su hogar llegaron sucesivamente sus dos hijos, que con el paso del tiempo lo convirtieron en feliz abuelo hasta seis veces. Poco después de su llegada a Pamplona, volvimos a reencontrarnos, ya que yo me incorporaba también a la joven Facultad de Medicina para ocuparme de la enseñanza de la Pediatría. Allí compartimos durante siete inolvidables años nuevas aventuras científicas, familiares y deportivas aunque, en estas últimas, mis habilidades tenísticas no fueron demasiado brillantes. 

Mi amigo Sergio alcanzó tan notable nivel profesional que sucesivamente pasó como Jefe de Servicio por el Laboratorio General de la “Residencia Virgen del Camino” de Pamplona y más tarde como Director del Laboratorio General del Hospital Provincial de Navarra. 

No voy a comentar sus publicaciones y demás méritos. Sus colegas de la Sociedad Española de Bioquímica Clínica, en donde alcanzó la Presidencia, conocen bien su excelente currículum. Únicamente quiero recordar aquí, por lo insólito, el valor de su Tesis Doctoral, de la que él mismo fue ¡director!. Yo ya estaba en Pamplona en la Clínica Universitaria y pronto aprendí a valorar los “reactantes de fase aguda” sobre los que trabajaba el doctorando y la originalidad con la que destacó el papel como marcador, entre otros, de la entonces poco conocida ceruloplasmina. 

En el año 1971 debí incorporarme a la Universidad de La Laguna; la distancia no supuso obstáculo para seguir unidos, incluida la noche madrileña de finales de septiembre de 1972, cuando celebramos mi cátedra, ¡por fín!, momento de gozo que para Sergio fue tan emocionante como para mí. Desde 1976, cuando me incorporé a la Universidad de Zaragoza, nuestros encuentros han sido frecuentes y hemos continuado compartiendo lo mejor de nuestras vidas, incluido el momento de la jubilación. 

El nacimiento de nuestros hijos, bautizos, primeras comuniones y bodas; también tristes momentos, como el fallecimiento de mi querida esposa y, por fin, la llegada de los respectivos nietos, han sido importantes hitos que nos encontraron siempre íntimamente unidos. Hace dos años celebramos las bodas de oro de Paquita y Sergio en Pamplona; la fotografía que ilustra este texto pertenece a dicha efemérides. En nuestras respectivas familias se repite en los representantes femeninos el nombre de Gloria, recordando a la madre de Sergio que falleció cuando él era todavía un niño. 

Para mis seis hijos Sergio es el padrino, aunque de facto sólo lo fuera en el bautizo de mi hija Gloria. Por ello, hemos perdido un miembro fundamental de nuestra familia. 

Querido amigo, ¿por qué te has adelantado en esta otra aventura? Ya me contarás, cuando llegue el momento. Mientras tanto sólo debo recordarte mi profunda lealtad y manifestarte mi agradecimiento por haberme distinguido con tu amistad.

Manuel Bueno Sánchez
Catedrático de Pediatría y Profesor Emérito de la Universidad de Zaragoza

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