SOCIEDAD
Organización de la Sociedad
Historia
Recuerdos de un abuelete bioquímico (S. García Merlo)
Como diría nuestro Miguel lnduráin, tenemos buenas sensaciones de aquellos tiempos; pese a ello, mi mente se resiste a dejar de presentarlas envueltas en un a modo de velo que las embebe de una dolorosa dulzura.
Me refiero a lo que supuso la pérdida irreparable de mi gran amigo Enrique Concustell, nuestro primer Presidente. Rebobinemos la moviola de la vida y recordemos:
Mi llegada a la SEQC fue desde el mundo académico. Había vivido cerca de cinco años en Alemania como postgraduado y me había incorporado a la Universidad Complutense en el Departamento de Bioquímica. Durante este periodo la situación era (me refiero al periodo 1972-76) la siguiente: en la Universidad, mayoritariamente no estaban separadas la Bioquímica de la Fisiología, en la clínica, la Bioquímica apenas estaba representada, no existía Bioquímica en los laboratorios clínicos y no existía en los planes de estudio en el ámbito universitario. En el caso de Medicina, la única Bioquímica que se impartía era la de primer curso de Licenciatura y en algunas Universidades se impartían algunas lecciones dentro de la Patología General.
Tuvo que ser entre los días 24 al 29 de diciembre de 1975 cuando me enteré del alumbramiento de una nueva sociedad científica que podía interesarme. Se celebraban en Barcelona, según el díptico que poseo, las VII Jornadas Enzimáticas, organizadas por Boehringer, y a las que fui invitado para formar parte de una mesa redonda, ¿porqué tiene que ser redonda?, sobre "el diagnóstico enzimático cardíaco" y en ella entre otros amigos y compañeros se encontraba Antonio Ferragut Canals; tras la discusión científica, estando Ferragut estaba asegurada, sellé con él una leal y fraternal amistad.
No asistí a la I Reunión de la SEQC, celebrada en Barcelona en octubre de 1976, pero sus ecos me llegaron; alguna vez se reconocerá la labor de los delegados comerciales como redes neuronales interlaboratorios, y lo que oía era concordante con mis ideales profesionales.
Sí que asistí a la II Reunión de la Sociedad celebrada los días 9 y 10 de diciembre de 1977 en Madrid, llevada a efecto por Alberto Martínez, que también nos ha dejado y me temo que aquí no se queda nadie. Poseo prueba de dicha reunión o, como impropiamente se dice ahora, evidencia de ello. Se trata de una simple xerocopia o copia de multicopista, supongo que la parquedad de medios del comienzo así lo exigía, en donde ocho autores presentaban comunicaciones al tema de la Reunión, y nos dieron ¡oh asombro! quince minutos a cada uno para su exposición.
Presumo que ya sería miembro de la SEQC y si no lo era fue en época cercana. Aquí conocí a Enrique: le estaba agradecido porque me tocó exponer a las 16 horas y a esa inapropiada hora estaba él sentado en primera fila y según pude apreciar, mientras desarrollaba mi tema, lo seguía con inusitado interés. Digo esto porque entre otras virtudes tenía la de ser un buen comensal. Siempre me ha encantado estar con personas que saben apreciar una buena mesa, un buen vino y unos buenos amigos.
Tras las lecturas del día tuve ocasión de entablar conversación con Enrique y allí se estableció una química personal a modo de enlace covalente de alta energía que un puñetero accidente vino a romper.
No recuerdo con exactitud cuando comencé a ejercer el cargo de Vicepresidente pero sí cuando, de manera sorpresiva, Enrique me lo propuso. Pertenecía a esos raros especímenes humanos capaces de venderle un catecismo al mismísimo Stalin.
Había cumplido su ciclo como vicepresidente el profesor Gandarias y al no presentarse para dicho cargo ningún socio, la Junta Directiva pretendía proponerme a la Asamblea de socios. Fue Enrique el encargado de contactar conmigo y tratar de comprometerme.
Me ofreció la oportunidad de unirme a un grupo de personas deseosas de realizar cambios en la visión de los Laboratorios Clínicos que se tenía en aquella fecha, me hizo ver la delicadeza del momento de algo que nace y del mimo y cariño a poner para su crecimiento. Ante un encantador de serpientes como él accedí y me comprometí a ello.
Ocurrió el trágico desenlace el 21 de junio de 1980 y, por razones obvias tuve que hacerme cargo provisionalmente de la presidencia de la Sociedad. Mi evocación de esta nueva función es aceptable; salvo las vivencias del II Congreso Nacional de Palma de Mallorca donde tuve que impartir una nota necrológica, mi esposa y mis coronarias sí que lo recuerdan bien, en honor del profesor Concustell.
Digo que mis sensaciones, como presidente, son aceptables porque concurrieron dos felices circunstancias: Por una parte, las directivas de Enrique y, por otra, la maravillosa gente que me arropó. Bastaba seguir y alimentar las líneas maestras diseñadas para nuestra Sociedad: Su carácter eminentemente científico, sus aspiraciones de universalidad y algo que en aquel entonces significaba mucho, la multidisciplinaridad, la paridad de cualquier persona interesada en la Bioquímica Clínica fueran cuales fueran sus raíces curriculares. El otro aspecto mencionado fue trascendental: en todo momento tuve el apoyo incondicional de todos los que formaban la Junta Directiva, de las personas que componían las distintas Comisiones y de los socios en general. Muy agradecido.
En el año 1990, la Asamblea General, a propuesta de la Junta Directiva, tuvo a bien nombrarme miembro de honor de la Sociedad. Aún estoy buscando los méritos que debo poseer para tal distinción. Supongo que hice lo que tuve que hacer y punto.
En mi actual despacho y de una de sus paredes cuelgan dos objetos enmarcados, que aparentemente son diferentes: Uno de ellos es el oficio del nombramiento como miembro de honor, firmado por el entonces Secretario de la SEQC, J.M. Queraltó, otro gran catalán. El segundo es una fotografía de una chica de unos 12 años, de medio busto, con pañuelico rojo al cuello, una cinta roja que sale del pelo y cae delicadamente en su hombro, sonriente y de cara pecosa, es mi hija Gloria, ¡cuantas zozobras paternales de aquellos tiempos me trae su contemplación! Mi hija, en su madurez, al principio de este milenio ha tenido a bien regalarme con dos preciosas criaturas, Ricardo en honor a su abuelo pediatra y Sergio como su abuelo bioquímico.
Al final de la moviola, como uno sigue teniendo alma granadina, diré como mi paisano Carlos Cano, yo sólo puse el viento.
Sergio García Merlo
